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El rol social del arquitecto

Usualmente se dice que la formación de profesionales es una inversión que hace la sociedad para un desarrollo futuro. La Dra. Daniela Gargantini nos define este rol de la siguiente manera:

“Las universidades son las encargadas de la formación de las élites intelectuales. De ellas surgen los profesionales y académicos que se espera tengan liderazgo en la sociedad. En ellas, se deberían formarlas personas -hombres y mujeres- encargadas de crear las condiciones humanas para que la responsabilidad y talentos del resto de la sociedad se desarrollen y se expresen al máximo”.(1)

Pero surge la pregunta: ¿En verdad existe en los profesionales actuales la convicción de ser depositarios de una inversión social?

El contexto actual nos dice más bien que el hacer profesional se ve desde una perspectiva de aspiraciones individuales. El universitario se esfuerza en estudiar, y en pagar sus estudios, para obtener recompensas económicas futuras. Ser profesional se ha convertido en la oportunidad de un mejor nivel de vida, una herramienta de movilidad social.

Esta visión, de que teniendo un título universitario las condiciones de vida a las que se puede aspirar son mejores que no teniéndolo, nos ha llevado a un enfoque económico individual del hacer profesional. Esto le quita progresivamente el sentido social, entendido como el esfuerzo de una sociedad por preparar a los más capaces para el ejercicio de labores en directo beneficio de la misma. Lo anterior se refuerza con el sistema de financiamiento individual de la educación superior (más allá de las subvenciones, la universidad se tiene que pagar igual). Por tanto, la inversión no es de la sociedad sino del individuo o de su familia.

Dentro del discurso actual, se habla de profesionales con sentido social; ubicándolos casi en la línea del voluntariado. La lógica es que en los negocios podrían ganar mucho más, pero por vocación deciden trabajar por el bien social, en perjuicio de su situación económica. Esta perspectiva no considera que ser profesional tiene un sentido social inherente. El conocimiento es un capital de la sociedad, por no decir de la humanidad. La elaboración, adquisición y difusión del saber es patrimonio común, por algo la educación se considera un derecho. El tener conocimiento me convierte en copropietario de un bien común a otros, por lo que su utilización debe considerar, y dentro de las posibilidades, beneficiar a los otros.

El Colegio de Arquitectos de Chile, en su carta de ética, declara entre los deberes y responsabilidades fundamentales que la labor del arquitecto está al servicio de la sociedad y del hombre y debe impulsar su progreso y bienestar.(2)

Las consideraciones planteadas concluyen en que la responsabilidad social recae sobre todos los profesionales de una sociedad, y no sólo sobre aquellos que trabajen en ámbitos de intervención directa en los contextos más vulnerables. En estos, el rol social del profesional pareciera estar claramente definido, sin embargo en cualquier ámbito el grado de efectividad e impacto en beneficio de la comunidad dependerá de las concepciones que tenga la persona en relación a su trabajo.

Al respecto Gargantini nos recuerda: valores como la fraternidad, la solidaridad y la responsabilidad social deberían orientar la labor académica (profesional), más allá de la competencia, la eficiencia y el éxito personal que han primado en los últimos años (…) que vean su profesión como una posibilidad de servicio a los demás, y que sean capaces de aportar como ciudadanos a la construcción de la sociedad y de responder creativamente a los desafíos de un proyecto de país.(1)

¿Cuál es entonces, como arquitectos, nuestra responsabilidad para con la sociedad en la que nos desenvolvemos?

¿Cuáles son estos conocimientos que poseemos y que pueden incidir en beneficio de otros?

Sin ánimo de teorizar al respecto, podríamos definir nuestra materia de estudio en el binomio acto-espacio. Observamos esta relación y concebimos el espacio, lo estudiamos y diseñamos. Lo llamamos espacio arquitectónico, en un probable afán de quitarle ambigüedad. A este espacio (arquitectónico) se le ha dado múltiples significancias. Para Mies Van Der Rohe, constituye la traducción de la voluntad de una época, similar al concepto de “gran libro de la humanidad” de Víctor Hugo; para Barragán, es dignificador de la vida humana por medio de la belleza; para Le Corbusier, el espacio es en función del hombre, de su medida, de sus acciones e incluso de sus emociones.

El espacio arquitectónico, inherente a la existencia humana en general, y en particular a una sociedad determinada, actualmente adquiere varias capas de complejidad en el ambiente urbano, entendido como un todo o una sumatoria de elementos. En la ciudad se construye el espacio y ella misma es espacio. Arquitectura y urbanismo, con diferentes escalas y variables de trabajo tienen la misma base substancial.

Es sabido que cada día somos más seres humanos sobre la tierra, y que cada día más de ellos vivimos en ciudades. La calidad del espacio que habitamos define en gran parte quiénes somos y lo que hacemos. Es aquí donde lo que sabemos puede tener impacto social. Tenemos capacidades para marcar diferencias en el desarrollo de nuestras urbes. Pero no somos los únicos a quienes les interesa el tema, la ciudad es la expresión de la voluntad de nuestra sociedad (parafraseando a Mies) y, por lo tanto, economistas, ingenieros y políticos tienen una gran influencia y tenemos poco espacio para incidir en las grandes decisiones que la afectan.

Se hace necesario entonces que los arquitectos, con plena conciencia de los límites de nuestra disciplina, pero a su vez, con el espíritu observador e inquieto que caracteriza nuestra formación, nos aventuremos en otros campos, complementando nuestros conocimientos y ganando terreno para que nuestro saber efectivamente se transforme en beneficio social.

  1. Gargantini et. Al (2005) “Gestión interactoral del hábitat a nivel barrial.Prácticas profesionales en Barrio Santa Isabel – Córdoba”Revista INVI nº 56 / mayo 2006 / volumen 21: 55 a 71
  2. Carta de Ética Profesional de los Arquitectos. Colegio de Arquitectos de Chile. Disponible en http://www.colegioarquitectos.com

Alejandro Orellana McBride
Arquitecto Universidad de La Serena

Escrito redactado en base a un trabajo del programa de Diplomado en Hábitat Residencial en Contextos de Vulnerabilidad Social. Universidad de Chile, 2010.

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